miércoles, 1 de julio de 2020

Setenta y dos horas, dieciocho años y una vajilla de porcelana

Mira que tiene días el año. Pues en mi casa alguien decidió que en setenta y dos horas se concentraran un montón de cosas. El lunes se cumplió el undécimo aniversario de la muerte de mi padre, ayer la primogénita alcanzó la mayoría de edad y hoy su madre y yo, como en el tango de Gardel, celebramos que veinte años no es nada.

Lo de mi padre ya lo hablamos el lunes. El cumpleaños de Leire hay que añadirlo a la lista de celebraciones atípicas que nos han tocado en los últimos meses. Aunque ya estamos en una relativa normalidad, le ha ido a pillar en plena Selectividad -yo es que soy del plan antiguo, lo de EBAU no me convence- y tampoco ha sido lo que hubiéramos esperado. Aunque tiempo habrá de recuperarlo y celebrarlo todo junto.

Y la pareja, aquí estamos, veinte años después de aquella tarde-noche salmantina que arrancó en la Catedral Vieja y terminó en el Casino. En la completa nomenclatura que existe, este año nos tocan las bodas de porcelana. No confundir con las de cerámica, que esas son a los nueve años. Y está bien traído, que la porcelana es un material mucho más fino pero a la vez más resistente. El paso de los años fortalece y afina la relación, así que el que lo definió sabía de lo que hablaba.

Yo no sé qué pieza sería. Igual lo que más me siento es salsera, intentando aliñar el dia a día. Olga muchas veces ejerce de plato del pan, donde se recogen las migas que se nos caen a los demás con nuestras historias. Otras de plato hondo, aunque luego llego yo, me paso sirviendo y se me sale la sopa por los lados. Pero a pesar de mi torpeza, no cambiaría de vajilla ni loco.

A por los 21, morena mía.