jueves, 30 de abril de 2009

Oreja al hartazgo

Pues estoy por copiar la crónica de ayer, cambiando los nombres. Los toros, para salir corriendo. Esta vez el numerito lo dio el hierro de Torrealta. Los toreros, salvo Manzanares en el segundo, contagiados del ambiente. Y poco más.

Contemos lo bueno, que fue una faena tramposilla de Manzanares al menos malo de todos. Cómo estaría la gente de harta, que hasta le dieron una oreja.

El Fandi, con su habitual numerito en banderillas y poco más. Y Talavante, pasado el espejismo de aquellas dos orejas, volvió al tedio habitual.

miércoles, 29 de abril de 2009

Luque espantó la modorra


La Feria ha entrado en una cuesta abajo ganadera que no parece tener límites. Y bien que lo siento porque me consta que los de hoy son buena gente y profesionales de lo suyo. Pero eso no evita el petardo.

Lo único digno de reseñar llegó al final. A Daniel Luque se le escapaba la Feria entre los dedos y supo pegar el arreón. Ante un toro de El Puerto de San Lorenzo-para variar- manso estuvo firme, sereno, valiente, queriendo ser alguien en esto. No fue una faena bonita pero sí poderosa. Y emocionante. Encima se tiró a matar como un jabato, con lo que la oreja fue de las más merecidas de esta edición.

El resto fue para olvidar. Como el paso de el Cid por esta Feria, de la que sale muy tocado. Salvo el día de los Victorinos, le he visto muy por debajo de lo que se espera de él. A ver si en Madrid remonta.

Y Castella, poco más o menos. Aunque se justificó con el mal segundo bis y anduvo queriendo con el sobrero que hizo quinto, pero le pudo el ambiente derrotista de la tarde.

martes, 28 de abril de 2009

Sinfonía morantista

Seré breve. La corrida de Juan Pedro Domecq, un petardo infumable. Antonio Nazaré puso toda la voluntad del mundo en el día de su alternativa y Ponce pasó por allí. Y al lío.

Si yo tuviera que explicar cómo se torea con el capote no gastaba saliva, directamente pondría el video de esta tarde y diría, señores, con ustedes Morante de la Puebla. En cinco verónicas y una media se resumió el asunto. Es imposible torear mejor, cogiendo el capote con la puntita de los dedos y meciéndolo con una suavidad y un temple que me levantaron del asiento. Eso a mí, en casa, así que me imagino al Hermano Mayor de la Cofradía Morantista, José Luis Valencia, que estaba en la Maestranza. Lo que me acordé de él.

Sinceramente, cuando cogió la muleta Morante pocos, por no decir ninguno, apostábamos por el toro. En otra época de Morante o en otras manos la cosa habría sido breve, cuatro muletazos por abajo y a matar. Pero emergió la figura que el domingo bautizamos como el torero total y se obró el milagro. Una vez en Salamanca Joselito hizo algo parecido y lo definió como una faena inventada a un toro inventado. Y así fue.

Con la misma receta de antes de ayer, Morante fue convenciendo al toro de que se uniera a la fiesta y el toro, viendo aquello, no fue capaz de negarse. Por la derecha, por la izquierda, daba igual el pitón, el torero fue construyendo su obra, sin dudas, muy firme, aguantando parones, con gusto, con empaque, derramando torería a cada momento.

Cuando el toro definitivamente se rindió a la evidencia llegaron naturales de frente, con desmayo, roto el torero y rotas las manos a aplaudir. Un inciso. Yo no sé qué criterio sigue el director de la banda para que suene la música pero era ayer o nunca. No obstante, se comprende que hasta los músicos anduvieran embobados con lo que estaban viendo y no se acordasen de tocar. Ni falta que hacía, la sinfonía la puso el torero.

Seguía toreando Morante sin descanso cuando el aviso presidencial nos despertó del sueño, Llevábamos diez minutos de milagro y no nos cansábamos. Y del sueño pasamos a la pesadilla. Pinchó el torero y se esfumaron los trofeos.

No importa. Es de esas faenas que recordaremos mucho tiempo.

lunes, 27 de abril de 2009

Dos toreros y un bulto

Luego saldrá la ex suegra a meterse con Morante -se le perdona a la señora porque está gagá- pero los hechos son los que son: el medallista paseó por el ruedo sevillano su incapacidad para estar delante de un toro.

Le correspondió de salida uno de los dos ejemplares de Gavira que remendaron la corrida de Daniel Ruiz. Un toro que tenía calidad -fundamentalmente por el pitón derecho- y que la cantó galopando alegre en el discreto tercio de banderillas con que nos obsequió Rivera Ordóñez.

El inicio de faena por bajo prometía, viendo lo templado que era el toro. Tiró de él fuera de las rayas y el bravo se arrancaba sin necesidad de citarlo. Se comía la muleta pero el medallista no pillaba la idea y su brillante solución fue cerrarlo hacia las tablas, donde el toro se aburrió como una ostra mientras el otro danzaba de allá para acá. Pena que no cayese en otras manos.

Lo más emocionante de la labor (¿?) del medallista fue el epílogo con la espada. El primer intento se saldó con una horrorosa estocada, caida y atravesada. Volvió a intentarlo y esta vez el toro lo prendió de forma dramática. Hasta tres veces se escapó de la cornada, tres derrotes que milagrosamente se quedaron en el destrozado vestido. El cuarto, sin ser tan claro también tuvo buen fondo, pero como si no, enfrente tenía un bulto sospechoso.

Volvía el Juli después del zambombazo del sábado y no defraudó. Su primero fue un buen ejemplar al que toreó con el conocido poderío. El comienzo por bajo, precioso, especialmente la trinchera de remate. Lo citó luego larguísimo y el toro obedecía. Derechazos mandones y muy templados del Juli. Nuevamente le da distancia y sigue repitiendo el toro con calidad. Tanto le bajó la mano que llegó a hincar los pitones en la arena. Probó por la izquierda y también respondió el toro, en unos naturales de nota alta. Volvió al pitón diestro y el toro le punteó la muleta en dos pases, pero pronto lo templa y lo vuelve a someter. Una serie final con remates por bajo para cuadrarlo y estoconazo, pelín trasero pero que tira al toro sin puntilla. Oreja con mucha fuerza.

No pudo completar su actuación ante el quinto, manso y andarín, al que ni siquiera acertó a matar bien.

Jose María Manzanares tenía una deuda pendiente como uno de los triunfadores del año pasado pero el primero de su lote no sirvió para saldarla. Quizá el peor de la tarde, un toro de Gavira que embestía a cabezazos y se revolvía con facilidad. Cuando lo empezaba a meter en la muleta, pegó un respingo y se marchó. Trató de andar con él en toriles pero ni por esas, así que optó por abreviar. Con la espada, eso sí, un cañón. Lo mejor de ese toro fueron los pares de banderillas de Curro Javier, que saludó.

Otra cosa fue el sexto. Ya apuntó en el capote un buen pitón izquierdo y lo confirmó en banderillas, donde brilló Juan José Trujillo. Faena de menos a más de Manzanares, que tardó en confiarse con él, pero poco a poco lo fue metiendo en la muleta. Por la derecha lució pero donde la faena cogió realmente cuerpo fue por el mencionado pitón izquierdo. Naturales primorosos de Manzanares, preciosos remates y, nuevamente, estocada fulminante que le valió las dos orejas.

domingo, 26 de abril de 2009

Morante, el torero total

Hay quién le tiene por torero de espejo y nada más lejos de la realidad. Hoy Jose Antonio Morante terminó de demostrar lo que apuntó frente a los pseudovictorinos: que es el torero total, mezcla de genialidad, plástica y valor seco. En medio de la mediocridad de una tarde marcada por la mansada de Jandilla y la incapacidad del presunto torero apodado Finito de Córdoba surgió la figura de Morante de la Puebla. Majestuoso, elegante, distinto e imprescindible.

Ya había estado por encima del segundo de la tarde, al que sacó lo poquito que tenía por el pitón derecho. Pero fue en el quinto donde firmó una obra redonda, superando las dificultades del manso y domeñando su genio, que lo tuvo. El primer aviso lo dio el Jandilla colándose en el capote, manejado con la habitual maestría, especialmente en un quite por chicuelinas rematado con una media a cámara lenta.

La faena de muleta tuvo un arranque pinturero, con muletazos por alto y zapatillas asentadas en la arena. Le dio distancia y se lo pensó mucho el toro, pero terminó por acudir al cite. Perfecto juego de muñeca para embarcarlo y dejarlo colocado para el segundo pase. Y así siguió una serie de escándalo que hizo sonar la música. Pausas acertadas para darle aire al toro y éste que se le queda debajo en mitad de un derechazo, un parón de escalofrío con el pitón a centímetros del muslo. Y Morante impávido, hasta que se tragó el muletazo. Lo desarmó el toro pero es que hasta para recuperar al instante la muleta tiene arte el jodío.

Cambió a la mano izquierda y hubo un natural eterno. Otra colada del toro y Morante se enfadó con él: pases de castigo, abaniqueo en la cara y desplante torerísimo. Había que rematar la obra y lo hizo el de la Puebla con una estocada casi entera que lo tiró sin puntilla. Su premio, una oreja que vale más que otras a pares.

El toreo total de Morante eclipsó a sus compañeros de terna, aunque por razones bien distintas. A Sebastián Castella se le murió, literalmente, el primero a mitad de faena. Con el último hubo un arranque de faena prometedor, con estatuarios y remates por bajo, pero pronto cantó su mansedumbre y poco más pudo hacer salvo matarlo más que bien.

Otra cosa es lo del presunto torero. Convengamos en que su primero no daba más de sí pero tuvo en sus manos el toro más claro de la tarde y válgame Dios. En mis notas tengo escrito que el toro repite y Finito también. Repite su vergonzosa tauromaquia de torear con el pico, para fuera y sacando el culo. Terminó por aburrir al toro, que debió ser recompensado con una oreja... de Finito.

Y lo siguen contratando, oiga.

sábado, 25 de abril de 2009

Juli quiere, Talavante no puede

Si no viste la corrida y mañana te dicen que Talavante cortó dos orejas y el Juli una igual te haces una idea equivocada de lo que pasó. Ambos tuvieron a tiro la puerta del Príncipe y a ambos se les escapó aunque por motivos bien distintos.

Alejandro Talavante se encontró con un buen toro de El Ventorrillo y la verdad, estuvo mucho mejor de lo que yo esperaba de él. Lo cuál no quiere decir que estuviera a la altura de la calidad del toro. Bonitos los remates, sí, acertado en los tiempos, de acuerdo, pero ese animal en otras manos hubiese lucido mucho más. Lo mató bien y el público decidió que aquello valía dos orejas. Pues bueno, allá ellos.

Entrevistado Talavante al término de la faena va y suelta que lleva todo el invierno preparándose... ¡para mandar en el escalafón! Uno que escucha eso, se imagina que en el sexto va a salir pegando bocados para abrir la del Príncipe. Pero no, toda la fuerza se le fue por la boca y en cuanto salió uno que no era de carretón, como el tercero, tiró las cartas y a otra cosa. A mí sigue sin convencerme este Demóstenes pacense.

El caso opuesto lo vivimos con el Juli. Había cortado una oreja a su primero a base de taparlo mucho, de no quitarle la muleta de la cara, de aprovechar las querencias del toro en el epílogo de la faena y de rematarlo de una estocada. Y se encontró a la plaza embobada con las orejas de Talavante cuando salió el quinto. Julián pegó un puñetazo en la mesa y dijo aquí estoy yo, señores.

Templadísimo con el capote, tanto en el saludo inicial como en los quites -ya había bordado unas chicuelinas en el que abrió plaza- brindó al público. Y ante un toro que no quería juerga se puso muy quieto en el arranque de faena, siguió extrayendo muletazos y terminó por reventarlo con la izquierda. El tramo final de faena se metió entre los pitones y asustó literalmente al toro, hasta el punto que el animal se encogió y no hubo forma de entrar a matar medianamente bien. Y ahí se esfumó el doble trofeo que hubiera hecho justicia al madrileño. Esa fue la diferencia fundamental: uno habló ante el micrófono y otro lo demostró delante del toro.

Y a ver cómo explico lo de el Cid. Imagino que acusó la paliza del Victorino, que estaba mermado físicamente, porque no es normal. Vale que el primero valía poco y lo perdió en la voltereta que se pegó, lo cuál no justifica que lo torease continuamente hacia fuera y despegado. Pero lo del quinto no tiene nombre. Un toro de orejas, al que instrumentó una faena de más a menos pero siempre con la sensación de estar por debajo de su oponente. La estocada fue buena pero no le redime del pecado. Hubo petición pero esta vez el presidente supo frenar la euforia y el Cid se quedó sin trofeo.

viernes, 24 de abril de 2009

Brilla la plata

Como sería la tarde cuando los triunfadores fueron dos hombres de plata: Curro Robles, que ya había destacado ayer, y Jose María Tejero. El primero protagonizó un tercio de banderillas memorable al sexto de una corrida de El Torreón mansa y descastada. Apretó una barbaridad el toro pero Robles se puso como si fuese bueno, dejándose ver. Cuadró y dejó los palos arriba pero el toro hizo hilo con él y allí apareció Tejero para meter el capote y hacerle un quite de esos que se agradecen toda la vida. Cuando llegó de nuevo su turno, Curro Robles le dijo al toro aquello de no quieres caldo, pues toma dos tazas. Se plantó en el centro del ruedo, volvió a citarlo con chulería y como el bicho no venía, allá se fue él a su encuentro para dejarle otro señor par en todo lo alto. Y hasta sonó la música.

Y eso fue lo más destacado de una tarde en la que Enrique Ponce estuvo pesadito con el que abrió plaza, dando el pasito atrás con el capote y ahogándole la poca embestida en la muleta. Con el cuarto quizá estuvo mejor colocado, pero entre la mansedumbre del toro y el viento, aquello no llegó a nada.

El primero del lote de Jose María Manzanares dio un mítin para ponerlo al caballo, saliendo suelto continuamente. Lo entendió bien el torero, cuyo mérito estuvo en quedarse bien colocado entre pase y pase y enseñarle mucho la muleta. Con esa receta fue capaz de sacarle series cortas y ligadas, con el debe de hacerlo despegadillo. Lo que nadie le va a discutir es lo bien que acompaña con la cintura los muletazos y lo bonito que se pone en los remates -hubo un cambio de mano eterno- pero a mi modo de ver le faltó algo más. A la hora de matar fue muy curioso. Pinchó en un buen sitio y a medida que el toro se movía, la espada iba entrando más y más, de modo que terminó por quedarle un estocada casi entera. Y aquí se acabó el cuento, pues el quinto fue para salir corriendo.

Daniel Luque, el más bisoño de la terna, demostró tanto valor como poca cabeza. No sabemos qué pretendía llevándose a los medios a un toro manso de solemnidad. Si ya era malo, lo hizo peor, así que poco pudo lucir.