
El comienzo de la corrida se aplaza 30 minutos. Eran las 18:30 cuando asomaba un cartel con ese texto, por orden de don Antonio Pulido Plaza, presidente. Llovía en ese momento y el ruedo no estaba para muchos ruidos. A los diez minutos, lío. Por su cuenta y riesgo, el señor Antonio decide que hasta aquí. Le debió salir otro plan y le entró la prisa porque si no, no se explica. Y la de San Quintín. Los toreros flipando y el sol saliendo, cuando por orden presidencial asoma un propio con otro cartel anunciando la suspensión. Matadores y cuadrillas se plantan delante e impiden que salga. Piden hablar con el presidente, que se ha encerrado en un despacho. Intercede el delegado gubernativo y los toreros suben a negociar con la promesa de que no sale el cartel.
El señor Antonio, que ya ha perdido el rumbo y/o la vergüenza, no sólo no los recibe sin
o que da orden de que salga el cartelito de marras. Para completar el cuadro, lo hace escoltado por la Policía Nacional. Ni que esto fuera el Nou Camp y fueran a caer cochinillos. A estas alturas, los toreros, Salvador Vega, Salvador Cortés y Daniel Luque están que trinan y el sol se empeña en tocar las narices brillando cada vez más. Los tres espadas se plantan en el centro del ruedo, vuelven a salir varios policías, el público no se mueve de su asiento y esto es kafkiano. Finalmente entran en razón y abandonan la plaza para acabar dando una rueda de prensa en la Ca
pilla. De locos.Esa es la secuencia de los hechos. Mi opinión, que se empieza teniendo la razón y se acaba perdiendo por las formas. Si se suspende de mano, aquí paz y después gloria. Si se espera media hora, se espera, se sale al ruedo y se valora nuevamente torear o no. A las siete de la tarde lucía el sol y el ruedo estaba bastante mejor. Eso por no hablar de que los toreros, que son los principales perjudicados en cualquier caso (se toree o no) estaban por la labor de salir y se les tomó por el pito del sereno.
Resultado final, el presidente destituido y los toreros pidiendo responsabilidades.
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